domingo, 6 de enero de 2013

Ser dejar.

¿Qué dejamos? Si no tenemos. ¿A dónde fuimos? Si seguimos en el mismo sitio. ¿Qué somos? Si no hemos dejado de ser. Dejamos lo que creemos que alguna vez fue de nosotros, cuando la realidad se encarga de demostrarla, nos aferramos a no perderlo. Mezcla de impotencia y rabia, lo primero por ser inevitable y lo segundo por creer que no lo es. No dejamos de estar, siempre estamos, así sea lejos arrastramos lo que somos, lo que duele, lo que no olvidamos. No seremos, ni fuimos, solamente somos. Lo que sea, así sea lo que odiemos en el otro, terminamos siendo algo. ¿Peor es nada?


Dicen que la madurez es dejar ir, pero sería más inmaduro pensar que algo fue nuestro alguna vez. ¿Qué hacemos ahí? Malo si nos aferramos a lo temporal, malo si lo queremos eternizar. ¿Cómo saber la tal madurez? Empezando con que no podemos tener, ni mucho menos podemos dejar ir lo que nunca fue nuestro. Sí, siempre jodidos. Es complicado ponerle algo de optimismo al asunto, pero no impide reír y gozar.

¿Nuestras ideas? Creyendo que nuestros errores de la razón son aciertos y que los aciertos del corazón no lo son. Maldita dicotomía, maldito Descartes. Ni existimos cuando pensamos, no somos lo que pensamos y nuestra existencia sobrepasa nuestro pensamiento. Existimos y luego pensamos, sobre todo cuando toca pedir perdón y el otro nos ve como algo más que un cacho de carne. Algo más, algo menos, es lo que somos en ese momento. Tomado y luego dejado, no nos creamos objetos solamente, cuando los demás a veces son nuestros esclavos de voluntad. También sometidos en una cárcel permitida e incluso añorada cuando se empieza a ser libre.

Pero es hora de dejar las pretensiones, siempre creemos que dejamos ir o dejamos pasar las cosas. ¿Adivinen qué? Uno también es dejado, a uno también lo dejan ir. No nos damos cuenta, en nuestra conciencia es mejor pensar que controlamos lo inevitable, pero si pensáramos que nosotros también somos aquello que no deja crecer al otro, que estorbamos y que dejamos de ser necesitados en el otro. Tal vez empecemos a ver las cosas de otro color, dejarse ir, irse y dejar.  No volver o no querer volver, que la voluntad decida. Más allá de la razón y la emoción, que son en ultima el bien y el mal, cambiándola según nos convenga.

Errores que terminan siendo aciertos ¿Cómo saberlo? Si nos pesa más la conciencia en lo correcto y la volvemos liviana al momento de lastimar. Aciertos que termina siendo errores ¿Cómo saberlo? No, no lo sabemos porque el error siempre lo asumiremos como propio, con esas ganas de luego querer enmendar las cosas, de usar más la cabeza que de costumbre. En vano, el lastimado ve la oportunidad para irse y el que lastima ve la oportunidad para buscar aquello que no tiene, no tendrá y que cuando lo tenga lo va a querer dejar.

Nos jactamos de nuestras experiencias, en últimas es jactarnos de ser errantes.  Nos jactamos del tiempo, cuando no lo sabemos usar. ¿De qué sirve un largo trayecto en círculos? ¿De qué sirve haber vivido tanto en constante error? ¿Qué eso implica aprender? En lo absoluto, sino que vemos que las decisiones terminan volviéndose en contra. Si aprendiéramos nada tuviera sentido, pero errar demasiado limita cada vez más el sentido hacía la vida. ¿Equilibrio? Puede ser, entre ser lo que dejamos ser, y ser aquello que podríamos dejar en un futuro. Ideas, sentimientos, corajes, costumbres, besos, abrazos, insultos. Lo que nos define en un momento único y que luego que pasa el momento, todo vuelve a su acostumbrada inconstancia y duda. Te jodiste Shakespeare y de paso nos jodiste. 

No hay comentarios: