jueves, 28 de febrero de 2013

En el cementerio.


Ayer, después de tanto dar vueltas y demás, decidí ir al cementerio a dar uno de mis acostumbrados paseos llenos de nicotina. Fueron diez cigarrillos en menos de una hora. Debo decir que me encanta ir al cementerio, sobre todo al universal, a pensar muchas cosas, sentir otras o creer que pienso y siento otras para volver luego al mismo lugar. Más allá de la contemplación arquitectónica del lugar, está la reflexión misma sobre la vida. Nunca sobre la muerte, asumo que nada hay más allá ¿Entonces para qué?

El ver un cortejo fúnebre siempre me ha llamado la atención ¿Morbo? Puede ser, pero sobre todo por saber quién fue el muerto, qué hizo ¿Merece las lágrimas? ¿Las recibe por cortesía? Quién sabe, puede ser que el muerto haya sido algo importante para la vida de sus dolientes, así como pudo haber sido un estorbo. Hay formas de intuirlo, solo que no de manera inmediata, sino cuando uno ve las tumbas corroídas, acabadas, con flores artificiales que le ahorran a la familia el estarlas cambiando. Otras están llenas de flores frescas, con ese agradable olor en medio de la muerte. Las flores huelen a muerto. Así como un ramo de rosas puede matar una poesía o una canción.

Pero algo que siempre me llamará la atención, son las muertes de los novios, de aquellos jóvenes amantes, aquellos que hacen desear que el tiempo jamás pasara, aquellos que por momento desearían nunca morir. Me pasa al mirar las tumbas de personas menores de 25 años, siempre me imagino las últimas horas, al enamorado suplicando, estar en esa agonía de no poder hacer nada por volver a besar a su amada, por no volver a abrazarla, sobre todo el saber que no podrá soñar con ella en un futuro. Sí, eso es lo que me imagino al ver lapidas así.

Un amor que muere tan joven da mucho qué pensar, sobre todo cuando uno recuerda el estar enamorado a cierta edad, que puede ser mucho más intenso por ser algo desconocido, aunque siempre será desconocido, sin embargo las primeras veces suelen ser un poco más intensas o al menos las viví así. ¿Si se muere una que uno no correspondió? Siempre me pregunto eso, de hecho me pregunto muchas cosas. ¿Qué se debe sentir? ¿Pensar en lo que pudo ser y no fue? No seamos tan cínicos, aunque la situación nos podría poner a pensar en eso.

¿Si se muere aquel imposible? Esto casi seguro, que a los entierros van muchos y muchas que lloran aquello que en vida nunca le dijeron al muerto. Sus sentimientos, el amor que llegaron a sentir y nunca expresaron. Más de un doliente lleva una historia de amor en sus lágrimas. Pero uno en vida deja morir, lo dejan morir y  a veces se siente plenitud. Tal vez la tranquilidad de su presencia física hace que duela menos en comparación a nunca volverla a ver. La vida da muchas vueltas, somos una tragicomedia en la que deseamos lo que no nos conviene y lo que nos conviene nunca fue deseado.

Ahí queda lo que pensé ayer en el cementerio, arrastrando cada colilla de cigarrillo para poder encontrar el camino, aunque pudo haber salido directo por la 47 o haber buscado la 50. Pero el encanto de ver la entrada por la 47, viendo el sol caer, con un cigarrillo en la mano, me hace sentir en cualquier lado, menos en Barranquilla. 

No hay comentarios: